Mi trabajo me permite recorrer la Región Metropolitana, a veces en vehículo, otras en transporte público. En este caso, tuve que ir a Punta Peuco… ¡¡en micro!!, Punta Peuco queda en la comuna de Til Til y para llegar allá, existe la opción de ir en vehículo o en bus interurbano, este día inició con un servicio en la comuna de Recoleta por lo que la asignación para ir a Til Til era buena opción.
Las ganas de conocer el mítico Penal de Punta Peuco, conocer el sector, viaje relativamente relajado, me habían entusiasmado lo necesario por lo que procedí a dirigirme al terminal de buses La Paz para tomar el bus que me llevaría a Til Til, esto por las recomendaciones que me dieron que de ahí salían dichos buses.
Al llegar, ya había algo raro, muy poca gente, eran cerca de las 12 del día, y pocos buses. Luego de observar por unos minutos le pregunto a uno de los conductores si sabía donde pasaban los buses a Til Til, “afuera de la pérgola, a 3 cuadras de acá”, me dice, por lo que me devolví, buscando el condenado paradero, llego a una esquina y a uno de esos “sapos” le hago la misma pregunta y me dice “ahí”, apuntando a un puesto de bebidas donde había una señora gorda atendiendo sentada. Me acerco a ella y le pregunto lo mismo, me responde “si mijito, haga la fila aquí a la sombrita”, me pongo bajo un gran quitasol a esperar, esperar que pase el bus, esperar que se sume mas gente, a esperar.
Pasaron cerca de 25 minutos, se sumó más gente, me dijeron que el viaje tomaría cerca de 1 hora y media, pregunté por indicaciones y me dijeron que la cárcel queda en Til Til mismo, llegando a la ciudad debía preguntar para qué lado quedaba.
5 minutos después, pasa un bus interurbano, de esos como de región, colorido con letrero grande que decía TIL TIL, subo, pago mi pasaje, me siento detrás del conductor para estar atento, me relajo y me quedo dormido.
Ese día hizo mucho calor, a pesar de que el bus tenía todas las ventanas abiertas, entraba aire caliente, cada cierto tiempo me acomodaba para refrescar la espalda.
Después de recorrer carreteras, caminos solitarios, sembradíos, cerros, llegamos a un sector residencial, ya en el bus quedábamos solo una persona más y yo. Le pregunté al conductor si sabía dónde quedaba la cárcel y me dice: “uhhhh me hubiera dicho antes, hace rato que lo pasamos, está en el cruce de la carretera”, le pregunté como volver y me dice “bájese acá y espere el bus de vuelta”. Eso hice, hablé con mi jefe para indicarle lo que estaba pasando, había un local donde me compré algo para comer, pasaron otros 20 minutos cuando a lo lejos veo que viene un bus, de los mismos que tomé, lo hago parar, subo… y era el mismo conductor que me había traído. El que pasara era casi una bendición, el sol en su mayor altura en el cielo, golpeando casi vertical sobre mi cabeza, viento tibio, así que agradecí que no demorara más.
Curvas y contracurvas, cerros, caminos solitarios, me tenían pendiente de donde bajarme, le pregunté al conductor y me dice, “bájese a la vuelta del cruce, suba por la rampa y tiene que caminar como 2 kilómetros”, mi interior gritó algunas groserías y maldiciones… pero ya estábamos ahí.
Una de las cosas que me caracteriza es que soy responsable y hago lo necesario por cumplir, pero cuando iba subiendo por la rampa de acceso a la carretera, a pie, con camiones y vehículos pasando a alta velocidad al lado mío, con el sol golpeando mi humanidad, sudando, mochila a la espalda… hicieron que me cuestionara todo lo que estaba haciendo y lo que había hecho, ¿valía la pena?, ¿era necesario o justo?, este cuestionamiento se me olvidó cuando empecé a ver las instalaciones de la cárcel, metida al final de una calle corta, llegó a la puerta de acceso, en realidad portón de acceso por que todos llegan ahí en vehículo. El gendarme de la entrada me ve sudando, acalorado, chato por la caminata, me dice que me siente un rato en unos asientos bajo árboles.
Luego de unos cigarros y ya mas relajado y fresco, entro a las oficinas para preguntar por el contacto, un sargento bastante amable me lleva a donde está la impresora con problemas, me tomó 10 minutos determinar la falla, una pieza quebrada, solicitud de repuesto, firma de orden y salí.
A esas alturas del día, alrededor de las 16 horas, me sentía frustrado, desanimado, pensando en que tenía que volver a caminar bajo el sol, con los riesgos de caminar por la orilla de la carretera, sin opción de UBER, así que salí de la oficina, me senté en los asientos bajo los árboles, fumé, pensé y me hice el ánimo, no había de otra.
Caminé nuevamente por la carretera, esta vez con el sol de frente, mochila a la espalda y sudando. Llegué al cruce, caminé 500 metros adicionales para llegar a un paradero con asiento (a esas alturas los pies dolían) y que me protegían del solo bastante poco, de hecho, mientras estaba sentado, el sol quemaba las piernas a través de los pantalones.
Estuve cerca de 40 minutos esperando, hasta que pasó mi salvación, no era el mismo conductor de mas temprano, eran cerca de las 18 horas, subí, pagué y me senté. Al recordar, tengo la sensación de que el viaje de vuelta fue mas rápido, a pesar de que paraba bastante seguido.
Como moraleja, hay veces que no vale la pena sacrificarse por algo donde el beneficio es mínimo.